MULA DE CLINT EASTWOOD. EL ORDEN QUEBRADO



TÍTULO: Mula. TÍTULO ORIGINAL: The Mule. AÑO: 2018. NACIONALIDAD: Estados Unidos. DIRECCIÓN: Clint Eastwood. GUION: Nick Schenk, inspirándose en un artículo de Sam Dolnick publicado en el New York Times. MONTAJE: Joel Cox. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Yves Bélanger. MÚSICA ORIGINAL: Arturo Sandoval. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Clint Eastwood, Bradley Cooper, Michael Peña, Andy García, Laurence Fishburne, Dianne Wiest, Alison Eastwood, Taissa Farmiga, Manny Montana, Clifton Collins Jr., Robert LaSardo. DURACIÓN: 116 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: https://www.warnerbros.es/mula.

CALIFICACIÓN: 


La percepción que se ha tenido de la figura de Clint Eastwood ha conocido con el paso del tiempo grandes y llamativos cambios. Con la  “trilogía del dólar” de Sergio Leone, parecía ser únicamente el actor que, con absoluta inexpresividad y espartana economía de gestos, lograba representar la esencia del pistolero solitario, solo preocupado por las recompensas a lograr y los enemigos a batir. Tras encarnar al inspector Harry Callahan en Harry el sucio (1971) de Don Siegel, Harry el fuerte (1973) de Ted Post y Harry el ejecutor (1976) de James Fargo y realizar sus primeras películas como director (Escalofrío en la noche – 1971–, Infierno de cobardes – 1973–, Licencia para matar – 1975–, El fuera de la ley – 1976–, Ruta suicida – 1977–, Firefox: El arma definitiva – 1982–, Impacto súbito – 1983–, El jinete pálido – 1985–, El sargento de hierro – 1986–) fue considerado como una parte de una ola reaccionaria (para muchos, fascistoide) de la que también formarían parte, por ejemplo, las películas protagonizadas por Charles Bronson o Chuck Norris.

Sin embargo, a partir de Bird (1988), esa visión se transforma sustancialmente, para pasar a ser visto como una mirada crítica hacia la realidad estadounidense con títulos como Cazador blanco, corazón negro (1990), Sin perdón (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Medianoche en el jardín del bien y el mal (1997), Mystic River (2003), Million Dolar Baby (2004), el díptico Banderas de nuestros padres (2006) y Cartas desde Iwo Jima (2006), El intercambio (2008) y Gran Torino (2008). En su última etapa, la percepción que se tiene de él es más ambigua, posiblemente porque ha seguido una línea absolutamente libérrima en la que a la recreación de la final del Mundial de Rugby de 1995 en Invictus (2009), siguió un film insólito sobre la espiritualidad en Más allá de la vida (2010),  un biopic sobre Hoover, el controvertido director del FBI, en J.Edgar (2011), un musical como Jersey Boys (2014) y tres películas basadas en hechos reales recientes como El francotirador (2014), Sully (2016) y 15:17 Tren a París (2018).

Posiblemente, la realidad es que todos esos cambios de opinión se deban a que, en circunstancias diferentes, el juicio sobre Clint Eastwood ha variado y, en el fondo, él siempre ha estado en la misma posición (ideológica y estética). En cierto modo, sus palabras a la famosa silla vacía en la Convención Republicana de 2012, quizás no estuvieran dirigidas solo a Barack Obama sino a un amplio conjunto de destinatarios que no han “hecho su trabajo” (retomaré después esta idea). Por todo lo dicho, y para evitar matices, que en la época actual resultan molestos y desagradables, se suele despachar la cuestión diciendo que Clint Eastwood es “el último director clásico”. Lo cual es cierto en la medida en que es un realizador despreocupado por cuestiones de forma o estilo y absolutamente centrado en las historias que nos quiere contar. Pero el querer reducirlo a esta expresión sirve como coartada para eludir los temas que aborda, que, como sucede en su último film Mula (2018), pueden pasar desapercibidos a pesar de la nitidez con que los plantea.




Como en sus tres películas anteriores, en Mula Eastwood reconstruye un hecho real relativamente reciente. Earl Stone es un floricultor arruinado que ha perdido su negocio, el cual ha sido embargado por el banco. Ante sus problemas con su familia, acaba aceptando una proposición para convertirse, con su destartalada furgoneta, en trasportista de un cártel de narcotraficantes. De forma paralela a esta trama principal, veremos la investigación de un agente de la DEA (interpretado por Bradley Cooper), que, a su vez, intenta desarticular el cártel para el que trabaja Eastwood. El personaje al que interpreta el actor y realizador resulta bastante insólito en el contexto de su carrera. Primero, porque se sitúa (sin casi ningún tipo de duda o prejuicio moral) en el lado de quienes, desde un punto de vista convencional, son los “malos” (es cierto que, en muchas películas, su personaje se ha movido en una línea bastante sinuosa pero, en general, siempre solía estar en el bando contrario a los oponentes que resultaban abyectos y desagradables). Segundo, porque tiene un punto de pasividad que le lleva a dejarse llevar por las circunstancias más que intentar manejarlas y controlarlas. Pero ello resulta perfectamente lógico si atendemos a cuál es el tema central del film, claramente emparentado con el de Sully: el triunfo de la robotización de los individuos y la burocratización de las organizaciones y su efecto disolvente sobre la familia y la sociedad.




Aunque hay ciertas cosas de la película que no nos acaba de convencer (por ejemplo, ese Bradley Cooper que siempre actúa igual, se trate del personaje que se trate – posiblemente, la excepción sea Ha nacido una estrella, su opera prima como director– y una banda sonora cuyos parámetros se repiten con monotonía en buena parte de la obra de Eastwood), la misma se acaba redimiendo cuando traza un sugerente paralelismo entre lo que sucede en la agencia estadounidense contra la droga y lo que sucede en los carteles a los que combate: esa obsesión por el control del individuo, reducido a la condición de mera pieza de un engranaje, por los resultados a corto plazo (sin tener en cuenta los objetivos y fines de más largo alcance) y por el menosprecio a valores básicos y esenciales. A partir de ello, Eastwood viene a retratar lo que podríamos denominar un “mal de época”, una especie de diagnóstico de la raíz y origen de la situación actual que, contra todo pronóstico, parece ubicar en lo que podríamos denominar la “alienación aceptada”. Es decir, Clint Eastwood habla en Mula de la despreocupación del individuo por el significado y trascendencia de sus acciones y de su conformidad pasiva a un estado de cosas en el que cada uno de nosotros es solo una correa de transmisión de voluntades superiores, sin ninguna presencia o atisbo de juicio crítico u opiniones independientes. En el proceso por el cual tanto Eastwood como Cooper son conscientes de esa realidad y deciden, en mayor o menor medida, rectificar su rumbo, se encuentra la última clave del film que, sorprendentemente (o no), acaba siendo una reivindicación humanista de un mundo construido a la medida de las personas y de sus necesidades reales. Por ello, no puedo menos que intuir que sus palabras a esa silla vacía en el año 2012 iban dirigidas, en realidad, a todos quienes han permitido, alentado y promovido aquello que ahora, con gran sutileza, denuncia y ataca.


TRÁILER DE LA PELÍCULA:



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