EL COCINERO DE LOS ÚLTIMOS DESEOS DE YÔJIRÔ TAKITA. UN INSÓLITO VIAJE DEL HÉROE


TÍTULO: El cocinero de los últimos deseos. TÍTULO ORIGINAL: Kirin no shita no kioku. AÑO: 2017. NACIONALIDAD: Japón. DIRECCIÓN: Yôjirô Takita. GUION: Tamio Hayashi, adaptando una novela de Keiichi Tanaka. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Takeshi Hamada. MONTAJE: Hidemi Li. MÚSICA ORIGINAL: Yûgo Kanno. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Kazunari Ninomiya, Hidetoshi Nishijima, Aoi Miyazaki, Gô Ayano, Daigo Nishihata, Yutaka Takenouchi, Yoshi Oida, Togo Igawa, Sergey Kuvaev, Akira Onodera, Yasunari Takeshima, Bob Werley. DURACIÓN: 126 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.acontracorrientefilms.com/pelicula/1003/el-cocinero-de-los-ultimos-deseos/.

CALIFICACIÓN: 

En el año 2008, el director japonés Yôjirô Takita sorprendió y emocionó con su film Despedidas (2008), historia de un músico que se ve obligado a empezar a trabajar en una empresa de maquillajes funerarios y que acaba encontrando en dicha labor un sentido profundo que nunca habría podido llegar a imaginar. De Takita, no nos han llegado a España sus dos siguientes películas, Tsurikichi Sanpei (2009), adaptación de un cómic nipón, y Tenchi meisatsu (2012), historia de un astrónomo japonés del siglo XVII que creó un nuevo calendario para su país, pero ahora sí tenemos la oportunidad de ver en nuestras pantallas El cocinero de los últimos deseos, su penúltimo trabajo, ya que, en 2018, ha estrenado un nuevo film, Kita no sakuramori. Como su título ya sugiere, la película que hoy reseñamos gira en torno al mundo de la gastronomía y la alta cocina, una cuestión que en los tiempos actuales ha adquirido gran relevancia, que se ha elevado a la categoría de arte y que, en consecuencia, ha empezado a encontrar su sitio en la literatura y el cine. Ya hablamos, por ejemplo, en su día de que toda una sección del Festival de Málaga, “Cinema Cocina”, está dedicada al tema de la comida y la alimentación. En El cocinero de los últimos deseos, asistimos a un repertorio deslumbrante de recetas que sirve de nexo de unión entres dos épocas diferentes. Por un lado, el año 2002, momento en el que transcurre la vida del protagonista, un afamado cocinero (Mitsuru Sasaki) que ha visto su restaurante abocado a la ruina por su desbocado afán de perfeccionismo y que ahora tiene como único objetivo ir saldando todas las deudas generadas en su fallida aventura empresarial. Por otro, el año 1937, en la Manchuria ocupada por los japoneses, donde sucede un hecho misterioso que Mitsuru tendrá que resolver a cambio de una suculenta recompensa y que gira en torno al llamado “Banquete Imperial Japonés”, un colosal ceremonial constituido por 112 platos cuya naturaleza ha parecido desvanecerse entre las brumas de la II Guerra Mundial y la posterior posguerra.




Siendo El cocinero de los últimos deseos una película muy diferente a Despedidas, ambas tienen toda una serie de de rasgos en común. Así, en ambos films hay un protagonista en crisis, un personaje que tenía las más altas expectativas sobre su vida y sus objetivos a alcanzar y que, de repente, se ve destinado a metas mucho más grises y modestas. Ambas historias son el proceso por el que dicho personaje logra reencontrarse consigo mismo, replantearse su vida y comprender que la clave de la existencia radica en vivir en armonía con quienes le rodean y, también, con el pasado porque tanto en El cocinero de los últimos deseos como en Despedida, acorde con la visión del mundo existente en las civilizaciones del Este Asiático, quienes mueren no son seres ausentes sino seres que siguen existiendo entre nosotros y a los que no podemos ni ignorar ni abandonar. Y, por ello, como tercer rasgo en común, nos encontramos con esa preocupación por el rito y las ceremonias, por gestos que no son meros protocolos externos sino que tienen un hondo sentido vital y espiritual. Pero hay un elemento, que quizás sobrevolaba Despedidas sin que llegara a materializarse claramente, y que aquí es especialmente acusado e intenso: el proceso del protagonista acaba siendo un insólito viaje del héroe, un triunfador derrotado que ha de pasar por toda una serie de etapas para encontrar su redención y acabar logrando una victoria, muy diferente a la esperada, pero que acaba justificando su condición. De este modo, El cocinero de los últimos deseos no es solo la búsqueda de las 112 recetas que formaban el enigmático “Banquete Imperial Japonés” sino un viaje interior del personaje principal que acaba encontrándose consigo mismo y con su verdadero yo.




Como es inevitable, ese concepto de “viaje del héroe” va asociado a una fe absoluta en el modelo de relato tradicional. Si, a lo largo de este año, hemos visto películas que representaban las dudas respecto a este modelo y se caracterizaban por su afán de hallar caminos nuevos, tales como Van Gogh. A las puertas de la eternidad de Julian Schnabel, El libro de imágenes de Jean-Luc Godard , Atardecer de László Nemes, Touch me Not (No me toques) de Adina Pintilie, Largo viaje hacia la noche de Bi Gan, El peral salvaje de Nuri Bilge Ceylan, Érase una vez en… Hollywood de Quentin Tarantino  o La virgen de agosto de Jonás Trueba, El cocinero de los últimos deseos no alberga dudas respecto a su vigencia y se esfuerza en captar la atención permanente del espectador mediante un “más difícil todavía” en el que una enrevesada trama nos envolverá, nos atrapará y, pese a su complejidad, logrará caer de pie para transmitir unas cuantas ideas, sencillas pero esenciales. No obstante, en este ejercicio, el citado modelo de relato tradicional no puede evitar el poner de manifiesto algunas de sus limitaciones. Y es que, para seguir sorprendiendo al espectador y para continuar aportando novedades estimulantes, tiene que recurrir a mecanismos argumentales cada vez más complicados para no caer en la repetición. Obviamente, para salvar los aspectos problemáticos de esa creciente complejidad, hay que tener un pulso narrativo absolutamente firme y medido y, en el caso de El cocinero de los últimos deseos, el último tramo de la historia posiblemente se desarrolla con excesiva precipitación y hace que todo el conjunto quede algo descompensado. Salvando ese defecto, que hace que este film no brille a la misma altura que Despedidas, este nuevo título de Yôjirô Takita es una interesante muestra más del siempre excelente cine nipón que ofrece algunas lecciones de gran valor y nos brinda algunos consejos fundamentales para la vida y para la consecución de eso tan difícil y escurridizo a lo que hemos dado en llamar felicidad.


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