MADRE DE RODRIGO SOROGOYEN. MARTA DE LOS ESPÍRITUS


TÍTULO: Madre. TÍTULO ORIGINAL: Madre. AÑO: 2019. NACIONALIDAD: España-Francia. DIRECCIÓN: Rodrigo Sorogoyen. GUION: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen. MONTAJE: Alberto del Campo. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Alejandro de Pablo. MÚSICA ORIGINAL: Olivier Arson. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Marta Nieto, Jules Porier, Álex Brendemühl, Anne Consigny, Frédéric Pierrot, Guillaume Arnault, Blanca Apilánez, Raúl Prieto. DURACIÓN: 128 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: https://www.wandavision.com/site/sinopsis/madre.

CALIFICACIÓN: 

Hay muchos rasgos peculiares en el estilo de Rodrigo Sorogoyen (que cuenta ya en su filmografía con 8 citas – 2008–, codirigida con Peris Romano, Stockholm – 2013–, Que Dios nos perdone – 2016– y El reino – 2018–, aparte de la ahora estrenada Madre) que solo hemos podido percibir con claridad conforme ha ido dando vida a sus sucesivas películas. El primero de ellos es que nunca elige el camino más corto para narrar una historia, seguramente porque las que él nos cuenta se refieren a personajes extraviados y sin rumbo que, en consecuencia, deambulan y vagan por trayectos inciertos hasta que logran encontrar (o no) la dirección correcta. El segundo de ellos es la importancia que tiene en sus films el espacio físico, en los que este no es un mero decorado, escenario o trasfondo sino que se convierte en una dimensión significativa y sustancial de la propia narración, al condicionar decisivamente la forma de la misma (así, en el largo trayecto que recorrían los protagonistas de Stockholm o en el cortometraje que ha dado lugar a Madre, reconvertido en el film en plano-secuencia inicial) o ser expresión cristalizada de un estado anímico (como, por ejemplo, el hecho de que la protagonista viva junto a la playa donde tuvo lugar el gran drama de su vida diez años después de que este haya ocurrido, como metáfora de que aún vive en el trauma causado por el mismo, y que se halle perdida y extraviada en su rumbo vital, de modo que la cámara tiene que buscarla hasta poder encontrar su pista). No hay muchos directores que hayan utilizado cinematográficamente, de forma permanente u ocasional, el espacio físico para convertirlo casi en un personaje más de la historia. Quien lo ha hecho con más profusión ha sido, sin duda, Fritz Lang, que convertía sus películas en auténticos delirios geométricos en los que los personajes eran meros títeres a merced de su destino, pero también podríamos citar a John Ford, Alfred Hitchcock, Orson Welles, Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Stanley Kubrick o Jean-Luc Godard y, entre los españoles, a Vicente Aranda, Paulino Viota (pensemos en Contactos – 1970–), Alejandro Amenábar (por ejemplo, en Los otros – 2001–) o Rodrigo Cortés (de forma contundente en Buried – 2010–). De los nombres citados, habrá que rescatar a dos. El primero, a Antonioni. Porque, del mismo modo que en La aventura (1960) el espectador era testigo de la desaparición de Lea Masari, sin que la resolución del misterio tuviera cabida en la película, en Madre, tras la dramática y estremecedora secuencia inicial, nos vamos a encontrar con que el enfoque de la historia se va a dirigir a otro lado muy diferente. Algo que puede desconcertar. Pero solo si no hemos estado atentos a dicha secuencia, que esconde un drama mucho mayor que el que las apariencias indican.




Porque el personaje soberbiamente interpretado por Marta Nieto (que hace aquí, sin duda, su mejor trabajo hasta la fecha, con una titánica contención que sabe ocultar todo el iceberg oculto que su carácter encierra) quizás no solo haya tenido que vivir la tragedia de la desaparición de su hijo. En su mirada de pánico ante una llamada alarmante late, quizás, el miedo a otra experiencia traumática del pasado, una experiencia enterrada en el inconsciente y que aflorará en la situación límite que la protagonista vivirá en los diez primeros minutos de película, una situación que podría ser la repetición de la que ella tuvo que vivir en silencio y que solo ahora su madre, en esa mirada inundada por la lucidez y el espanto, intuirá en la desesperada reacción de su hija. Por ello, el personaje de Marta Nieto se halla enclaustrado y psicológicamente inmovilizado en esa playa infinita de la que no puede escapar porque todos los pilares en los que podría confiar se han derrumbado, tanto su primera familia como la segunda, la construida con su ya exmarido y su desaparecido hijo. Y, por eso, deambula entre una presunta relación sentimental (con Álex Brendemühl) en la que, en ningún momento, aparecen señales de pasión o romanticismo, y en la que él actúa la mayoría de las veces más como padre o hermano mayor que como amante, y otra extraña relación con un joven (Jules Porier), que se mueve en una inquietante y calculada ambigüedad (y a la que ella transmite todos sus miedos, obsesiones y cautelas), relaciones ambas que son hondamente perturbadoras, pero de un estilo de perturbación distinto al del comienzo de la película. Porque Madre es, en el fondo, la historia de un pliegue o falla en el curso de una trayectoria vital, pliegue o falla que supone toda una catarsis desde la oscuridad a un esbozo de luz, a una posibilidad de escapar de traumas que parecían insalvables pero que acaban encontrado, de repente, una vía de hipotética redención. Y es ahí donde tenemos que hablar del segundo director a mencionar de la lista que antes hemos citado: a Federico Fellini y su Giulietta de los espíritus (1965), porque tanto Madre como esta última son historias de mujeres que pasan de una etapa a otra de su vida. Y si, en el film protagonizado por Giulietta Masina, ese viaje partía de una cotidianidad disfrazada de suntuosidad barroca, en el de la película protagonizada por Marta Nieto el trayecto se inicia en el dolor y en la oscuridad para terminar en una llamada telefónica que abre el camino, por fin, al perdón mutuo y regenerador.



Rodrigo Sorogoyen en un momento del rodaje de Madre

TRÁILER DE LA PELÍCULA:


IMÁGENES DE LA PELÍCULA:















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