LA VIUDA DE NEIL JORDAN. LAS APARIENCIAS ENGAÑAN




TÍTULO: La viuda. TÍTULO ORIGINAL: Greta. AÑO: 2018. NACIONALIDAD: Irlanda-Estados Unidos. DIRECCIÓN: Neil Jordan. GUION: Neil Jordan y Ray Wright. MONTAJE: Nick Emerson. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Seamus McGarvey. MÚSICA ORIGINAL : Javier Navarrete. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Isabelle Huppert, Chloë Grace Moretz, Maika Monroe, Jane Perry, Jeff Hiller, Parker Sawyers, Brandon Lee Sears, Arthur Lee, Rosa Escoda, Jessica Preddy, Stephen Rea. DURACIÓN: 98 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.focusfeatures.com/greta.

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Hay temas cinematográficos que, aunque parezcan que están agotados, que los espectadores van a adivinar conforme avance la trama qué va a suceder y cómo van a reaccionar los personajes, vuelven una y otra vez a las carteleras. Tal vez, porque apelen a algunos de los miedos y temores que están más arraigados dentro de nosotros mismos. Quizás, porque su naturaleza los hace especialmente versátiles para adaptarse a circunstancias cambiantes y diversas por lo que, recurrir reiteradamente a ellos, no sería más que descubrir nuevas posibilidades de los mismos y utilizarlos para hablar de cada momento y de cada tiempo histórico, de cada nueva angustia y cada nueva inquietud. Por ello, cuando nos enfrentamos a una película como La viuda del veterano Neil Jordan – director, entre otras, de Mona Lisa (1986), Nunca fuimos ángeles (1989), Juego de lágrimas (1992), Entrevista con el vampiro (1994), Michael Collins (1996), Desayuno en Plutón (2005), La extraña que hay en ti (2007), Byzantium (2012) y de 6 episodios de la serie Los Borgia–, acudimos con toda una carga audiovisual en nuestra memoria, de películas que vamos recordando conforme el argumento va desarrollándose.

Hay que reconocer que La viuda se acaba convirtiendo en un solvente mecanismo narrativo,  ayudado por la habilidad narrativa y visual de Neil Jordan, la soberbia interpretación de Isabelle Huppert, la precisa actuación de Chloë Grace Moretz y la eficacia de Maika Monroe. Sutil en su primera parte y brillante en su segunda (tras un sencillo pero más que efectivo punto de giro), solo en su último tercio se desenvuelve en terrenos más trillados y rutinarios, asumiendo, probablemente, que cualquier intento por apartarse de lo previsible solo llevaría a retorcimientos rocambolescos del argumento que pondrían fin a la tan necesaria suspensión de la incredulidad del espectador y le harían descubrir a este muchas de las costuras del engranaje. Pero, ¿existían verdaderamente motivos para realizar una película como La viuda? A lo mejor, sí. Vamos a hablar de ello en los siguientes párrafos pero avisamos de que, tal vez, hacemos más revelaciones de la cuenta sobre el argumento del film (si el tráiler no las ha hecho ya). Pero lo advertimos por si no quieren seguir leyendo.






El tema del acoso de un personaje a otro, llegando incluso hasta el secuestro o la violencia física, no es nuevo en el cine. El antecedente de mayor prestigio es El coleccionista (1965) de William Wyler, en el que esta situación se produce por parte de un hombre contra una mujer, el cual encontró ecos posteriores en ¡Átame! (1989) de Pedro Almodóvar y La madriguera (2016) de Kurro González y, con variantes sustanciales, en Peppermint Frappé (1967) y Ana y los lobos (1973) de Carlos Saura. En todos estos casos, la motivación de estas películas viene dada por la crítica hacia el machismo, la sociedad patriarcal y la condición subordinada de la mujer y no es de extrañar que el primer ejemplo de esta línea temática provenga de 1965, momento en el que esta cuestión empezó a alcanzar un punto álgido. Otras variantes del tema presentan una faceta política, relacionada con ajustes de cuentas del pasado, – y ahí están como muestras de ello La muerte y la doncella (1994) de Roman Polansky y Caché (2005) de Michael Haneke–, sociológica, reflejando el miedo de las clases acomodadas a las amenazas que pudieran surgir de un entorno falsamente pacífico, – como se puede ver en Funny Games (con dos versiones, una de 1997 y 2005), también de Michael Haneke, o Knock Knock (2015) de Eli Roth–, o psicológica –  retratando, por ejemplo, la obsesión de un fan hacia su ídolo, como ocurre en El rey de la comedia (1982) de Martin Scorsese, Misery (1990) de Rob Reiner u Obra maestra (2000) de David Trueba–.

En este contexto, La viuda se aparta de estas líneas temáticas y parece estar preocupada por dos cuestiones diferentes, quizás relacionadas, cuyo protagonismo en los últimos tiempos ha sobrevolado, bien de manera abierta, bien de manera sibilina, muchos debates y controversias. Una de ellas, insinuada a través de la continua presencia de banderas estadounidenses, las vistas del nuevo World Trade Center de Nueva York (construido donde antes estaban las Torres Gemelas) y un comentario que, casi al principio del film, realiza el personaje de Maika Monroe, es la de la creciente paranoia sobre la seguridad que ha invadido a la sociedad norteamericana y, por extensión, a la mayoría de los países desarrollados. La segunda línea temática es la de los conflictos intergeneracionales, una cuestión que promete ser decisiva en la evolución futura de nuestras sociedades (pulsen aquí para acceder a un artículo de El Confidencial que lo explica). Creo que no es casualidad o capricho que en La viuda sea una mujer de casi setenta años la que acose a una joven de poco más de veinte años, sino que ello nace de la voluntad de representar un conflicto esencial que está dominando, sin ser puesto abiertamente de manifiesto, los tiempos actuales: la incompatibilidad de intereses, preocupaciones y puntos de vista entre las generaciones más maduras y las generaciones más jóvenes. Ante ello, puede estar abriéndose una lucha de poder en la que, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo o punto intermedio de consenso, las generaciones más maduras (cada vez más mayoritarias en número por la evolución demográfica) puedan acabar secuestrando la voluntad y el porvenir de las generaciones más jóvenes. Creo que este es el trasfondo que hay detrás de esta recuperación de un tema muchas veces repetido a lo largo de la historia del cine pero que, en su desnudez y abstracción, ofrece la posibilidad de reinventar permanentemente su sentido y oportunidad.

De este modo, La viuda acabaría siendo la antítesis de ¿Quién puede matar a un niño? (1976) de Narciso Ibáñez Serrador. Si en esta era las generaciones más jóvenes las que se rebelaban violentamente contra el estado de cosas impuesto por sus mayores, en el último film de Neil Jordan es la generación de los mayores la que busca preservar a cualquier precio su comodidad y felicidad. Por ello, La viuda, en su fondo, es mucho más terrible y estremecedora que lo que su poco original argumento puede inducirnos a pensar.



TRÁILER DE LA PELÍCULA:




IMÁGENES DE LA PELÍCULA:


















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