MY FRENCH FILM FESTIVAL (y 12): CORTOMETRAJES


Para completar la cobertura del My French Film Festival, vamos a trazar una panorámica de los cortometrajes que hemos podido ver en el certamen. En los últimos tiempos, con la creciente oferta audiovisual y la cada vez mayor competencia entre los cineastas para poder acceder al mundo del largometraje, se ha producido un fenómeno que, pienso, antes o después tendrá su repercusión en las decisiones y elecciones de los espectadores: el formato del corto ha ido ganando de forma increíble en calidad y apariencia profesional, posiblemente porque los cineastas jóvenes han de incrementar considerablemente el esfuerzo que tienen que hacer para poder realizar su primer largo. Ello ha conducido a que estamos, en cierto modo, en una especie de “Edad de Oro” del cortometraje en que, a poco que indaguemos, no es difícil encontrar obras de gran nivel y enjundia. Los cortometrajes que hemos podido ver en el My French Film Festival son una muestra de ello.




Hay que empezar hablando de la inclusión en la programación de cortos del certamen de esa obra maestra imperecedera que es La Jetée (1962) de Chris Marker, la obra que marcó un antes y un después en el cine de ciencia-ficción. Como en la revista Moon Magazine dediqué un amplio artículo dedicado a este film, me remito a lo que allí dije por si quieren tener una visión más precisa de este importante cortometraje.

Respecto a los once cortometrajes de producción reciente que se han podido ver en el festival, debemos empezar por el franco-canadiense Fiera (2018) de Jeremy Comte, una obra que fue premiada en el Festival de Sundance y que, a través de los agresivos juegos de dos niños que deambulan solos por unos parajes desolados, acaba siendo una impactante fábula sobre las nefastas consecuencias del exceso de competitividad. Si tuviéramos que trazar una continuidad temática entre algunos de los títulos de la sección, la siguiente parada deberíamos hacerla en Al alba (2018) de Julien Trauman, una historia de tres chicos que se pierden en el mar y que tendría como antecedente lejano el Náufragos (1944) de Alfred Hitchcock y como referencia más cercana A la deriva (2006) de Hans Horn. Al igual que Fiera, este corto nos acaba hablando de heridas espirituales infligidas cuando apenas se ha vivido y de las que se tiene la certeza que no van a cicatrizar jamás.

Algo de ello tiene también Flores (2018) de Baptiste Petit-Gats, aunque aquí se nos habla de una madre y su hijo que tienen que sobrellevar el fallecimiento del padre. La desencajada actitud de la madre y la tensión que envuelve a los dos personajes revelan con sutileza el trauma sin resolver que aún afecta a ambos. El perro azul (2018) de Fanny Liatard y Jérémy Trouilh representa un giro amable dentro de la línea temática de los cortos seleccionados. Aunque aquí también se habla de bloqueos mentales que parecen imposibles de superar, este film propone que la diversidad social y el encuentro con enfoques y puntos de vista diferentes pueden ayudar a sanarnos y a permitirnos reencontrar la serenidad y el equilibrio internos.

Para acabar con esta primera parte del artículo, tenemos que comentar El séptimo continente (2018) de Noé Debré, un delirio muy en la línea del cine de Gaspar Noé o Leos Carax, que combina, de forma harto irónica, noir, tecno-pop, ecologismo y crítica social.




Empezamos la segunda parte del recorrido por los cortos del My French Film Festival con dos obras de animación: Hybrids (2017) de Florian Brauch, Kim Tailhades, Matthieu Pujol, Yohan Thireau y Romain Thirion y Wild Love (2018) de Paul Autric, Quentin Camus, Maryka Laudet, Zoé Sottiaux, Léa Georges y Corentin Yvergniaux. Desde dos enfoques my diferentes (el primero, en forma de distopía futurista, el segundo con una apariencia de film de Disney y Pixar que, muy pronto, se transforma en el reverso tenebroso de las historias de ambas factorías), ambas películas de animación transmiten un fuerte mensaje ecologista.

Muy bonito es el cortometraje Nadie se querrá tanto como nosotros (2018) de Laure Bourdon-Zarader, una historia de amor interrumpida entre dos niños que, por momentos, recuerda a las películas de nuestro Jonás Trueba. Hablando de influencias, se dejan notar las de Pedro Almodóvar y Xavier Dolan en Un hombre, mi hijo (2017) de Florent Gouëlou, que es un sencillo pero emotivo relato sobre la identidad, sobre la lucha por ser lo que realmente somos, sobre la paternidad y, sobre todo, por la posibilidad de cambiar y llegar a comprender los nuevos tiempos, las nuevas circunstancias y las nuevas formas de pensar.

El corto franco-belga Las pequeñas manos (2017) de Rémi Allier traza un firme discurso en el que, con el trasfondo del conflicto social originado por el cierre de una fábrica, a un acto de rabia individual ante tal hecho se contrapone la capacidad de la violencia institucionalizada que se puede ejercer desde el poder. Finalmente, la también coproducción franco-belga Judith Hotel (2018) de Charlotte Le Bon, es en su superficie casi una película de Wes Anderson pero, en su acidez interior, está mucho más cerca de Langosta (2015) de Yorgos Lanthimos.

En definitiva, la selección supone una estimulante muestra de la situación actual del formato del corto en el país vecino y encontramos pequeñas joyas que nos invitan a seguir la obra en el futuro de sus realizadores.





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