LOS AMANTES PASAJEROS (o aterrizaje forzoso en La Mancha)



LOS AMANTES PASAJEROS (o aterrizaje forzoso en La Mancha)

TÍTULO: Los amantes pasajeros. TÍTULO ORIGINAL: Los amantes pasajerosAÑO: 2013. NACIONALIDAD: España. DIRECCIÓN Y GUIÓN: Pedro Almodóvar. MÚSICA ORIGINAL: Alberto Iglesias. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Javier Cámara, Carlos Areces, Raúl Arévalo, Antonio de la Torre, Hugo Silva, Lola Dueñas, Cecilia Roth, José María Yazpik, Guillermo Toledo, Blanca Suárez, Paz Vega, Carmen Machi, Miguel Ángel Silvestre, Laya Martí, Antonio Banderas, Penélope Cruz. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.losamantespasajeros.com/.

Hace años y medio, con ocasión de nuestro comentario a La piel que habito, ya expresé mi opinión sobre la obra de Almodóvar e incidí en dos elementos, íntimamente relacionados entre sí: la personalidad intuitiva del director y el carácter de montaña rusa de la calidad de sus sucesivas películas. Como no he cambiado de opinión en todo este tiempo y Los amantes pasajeros ha hecho poco para que pueda animarme a cambiarla, hoy, al hacer la reseña de esta última, vamos a centrar la atención en un punto importante sobre el que nunca se insiste lo suficiente: que, entre todos los géneros cinematográficos que existen, la comedia es, probablemente, el más difícil de todos.

La causa de ello es sencillo de explicar. En la comedia, lo esencial no es qué se cuenta sino cómo se cuenta. De hecho, el género es, básicamente, pura forma y cualquier defecto, aunque sea mínimo, en la estructura y dinámica de dicha forma condena, sin remisión, a una película. Puede haber un film, como Dublineses (1987) de John Huston (basado en el relato “Los muertos” de James Joyce), donde, aparentemente, no pasa nada y bastan dos instantes para que el protagonista sufra un navajazo inesperado en todo su orden vital y ello nos obligue a replantearnos toda la historia. 83 minutos, la mayoría de ellos sinuosos y casi banales, y bastan dos chispazos para llevar la película a la gloria. En Te querré siempre (1954) de Roberto Rossellini, se nos va mostrando, simplemente, la situación de un matrimonio en crisis y no es hasta el final de la cinta, en medio de las ruinas de Pompeya, primero, y en medio de una procesión, después, cuando la historia nos muestra todo su sentido. En Adiós, muchachos (1987) de Louis Malle, se nos cuenta la historia de unos chicos judíos escondidos en un internado católico en la Francia invadida de la II Guerra Mundial. Una narración que se desenvuelve dentro de unos cauces casi costumbristas, da un repentino giro en sus últimos minutos y su desenlace no sólo es que sea amargo sino que exhibe, con toda crudeza, una herida abierta que sabemos que nunca podrá cerrarse. El drama admite cosas como las que acabamos de relatar. Pero la comedia, no. Si alguien dice que “me he reído al final de la comedia” o que “me he reído unas cuantas veces viendo la comedia”, está claro que el director no ha tenido éxito a la hora de abordar una historia de humor. En la comedia, ni te puedes reír un poquito ni puede funcionar a ratos: si ello ocurre, es sinónimo de fracaso.







Pueden suponer que digo esto porque Los amantes pasajeros no acaba de funcionar. Y, efectivamente, es así. Centrada en los problemas de un avión que tiene un problema en el tren de aterrizaje y que aguarda desesperadamente a que le den permiso para volver a tierra en una pista de emergencia, se podría pensar que, inicialmente, es una metáfora sobre la situación actual de España (una nave que vaga averiada por el aire con destino incierto). Sin embargo, ello, que ha sido una especie de mantra repetido en todas las críticas, creo que acaba ocupando un lugar secundario en toda la trama. Más bien, la película acaba siendo una especie de recapitulación de todas las obsesiones, tópicos, filias, fobias y trucos narrativos del mundo de Almodóvar. Intentando volver al aire provocador y anárquico de sus primeros films, como, p. ej. Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), en Los amantes pasajeros hay aviones en peligro y aeropuertos donde tienen lugar catarsis liberadoras (como ocurría en Laberinto de pasiones -1982- o Mujeres al borde de un ataque de nervios -1988-), gays que son mostrados con total naturalidad y desenfado (como en La mala educación -2004-), sexo en medio del letargo (como en Hable con ella -2002- o, de forma curiosamente elíptica, en Mujeres al borde de un ataque de nervios), celos que hacen enloquecer (como en La ley del deseo -1987-), mujeres que arrojan los efectos personales de su amante por la ventana o que deciden renunciar a un amor que sólo les puede traer dolor y falta de libertad (como en Mujeres al borde de un ataque de nervios) y, como ocurre en todas las películas del cineasta, numerosas referencias cinematográficas (es evidente el paralelismo con La diligencia -1939- de John Ford, pero no son menos obvias las realizadas en relación a Vértigo -1958- de Alfred Hitchcock -esa imagen de la turbina dibujando una espiral se inspira claramente en el inicio de los títulos de crédito de ese film- o Casablanca -1942- de Michael Curtiz -en un desenlace que viene a ser la imagen en un espejo del final del clásico hollywoodiense-). Igualmente, aparecen en el reparto actrices y actores de las distintas etapas del director, desde sus comienzos hasta sus últimas películas (Cecilia Roth, Antonio Banderas, Penélope Cruz, Antonio de la Torre, Javier Cámara...).

Y, evidentemente, todo ello nos provoca una cierta sensación de déjà vu de forma que la película ni nos sorprende ni consigue que las distintas historias que se entrecruzan (salvo, quizás, la protagonizada por Blanca Suárez) logren interesarnos demasiado. Ya en 2004, con ocasión del estreno de La mala educación, Carlos F. Heredero escribía en el número del 18-3-3004 de El Cultural: "Érase una vez el Madrid de los años ochenta, donde vivía un director de cine identificado con la "movida", sujeto de una intensa pasión homosexual con un amante esquivo (...). En aquella historia había también otro amante (...), dos hermanos (uno de ellos convertido en mujer y con vocación por el espectáculo), el recuerdo de un niño que cantaba en el coro de los salesianos y que, ya de mayor, le canta de nuevo al mismo sacerdote que le dejó un "recuerdo imborrable", y un viaje a provincias en busca del amante perdido, a quien primero se descubre muerto y después víctima de un asesinato. Algún malpensado podría creer que estamos comentando el argumento de La mala educación, pero aquellos no son otros que los ingredientes utilizados por Pedro Almodóvar para narrar La ley del deseo (1987). Resulta evidente, por lo tanto, que ahora -diecisiete años después- el cineasta vuelve a jugar con las mismas cartas, sólo que barajadas esta vez de otra manera y aliñadas con diferentes especias". Como ven, lo que ocurre con Los amantes pasajeros hay quien ya lo ha experimentado con anterioridad. Si Almodóvar quería revisitar sus temas preferidos, quizás tendría que haber empleado mucha más imaginación y creatividad tanto narrativa como visual en el intento.





Aunque hay que destacar algunas buenas interpretaciones, el conjunto de Los amantes pasajeros no acaba siendo ni coherente ni armónico. Blanca Suárez, por ejemplo, brilla a muy buen nivel en su personaje pero en ningún momento es verosímil que pueda ser pareja de Guillermo Toledo. Carlos Areces y Lola Dueñas también realizan unas muy buenas caracterizaciones pero las mismas acaban estando desconectadas de cualquier tipo de trama bien construida que sirva para atraer nuestra atención. A pesar de que Los amantes pasajeros no tiene, en ningún momento, ni ritmo de comedia ni solidez en su guión y, por falta de pericia en su realización, se nota, permanente, que ha sido producida con notable cortedad de medios, sí que hay que reconocer que la película se deja ver y logra que su hora y media de duración pase con rapidez. Pero cuando finaliza es inevitable pensar que no nos ha aportado nada especialmente interesante. Y que una comedia se quede a medias, como hemos explicado al principio, es algo que difícilmente puede llevarnos a que emitamos un juicio mínimamente elogioso...



Nota (de 1 a 10): 5,5.

Lo que más me gustó: Los títulos de crédito. Las interpretaciones de Carlos Areces, Lola Dueñas y Blanca Suárez.

Lo que menos me gustó: No consigue tener, casi en ningún momento, el ritmo adecuado para una comedia. Va perdiendo fuelle conforme avanza. Está rodada con medios limitados Y SE NOTA.



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