THE ONE. CUPIDO CROMOSOMÁTICO

 


Los grandes mitos se hallan enraizados en las grandes preocupaciones, miedos e inquietudes del ser humano. La creencia en la “piedra filosofal” y en su hipotético poder de convertir el plomo en oro se basaba en el sueño de poder acabar de un plumazo con la lucha constante por obtener recursos materiales para poder subsistir. La fe en la futurología, en los oráculos, las pitonisas y en presuntas “bolas de cristal” podía proporcionar el fin de las incertidumbres y las dudas sobre el siempre escurridizo e imprevisible porvenir. Y el pensar que existía una “media naranja” y la existencia de hechizos, conjuros y pociones para el enamoramiento alimentaban la idea de que el amor eterno era posible y podía ser alcanzable por medio de atajos y procedimientos dudosos solo justificables por lo glorioso y elevado del propósito. Pero ¿y si con los modernos descubrimientos sobre la composición del ADN y el poder de la informática y las redes sociales ese objetivo de determinar quién es nuestra pareja perfecta (y única) estuviera al alcance de la mano? Eso es lo que plantea The One, la serie británica estrenada el pasado 12 de marzo en Netflix, cuando dos científicos (una mujer y un hombre) encuentran que a través de ciertos componentes genéticos se puede hallar la pareja ideal para cada persona, poniendo fin, de ese modo, al tortuoso proceso del cortejo y el compromiso y a la siempre incómoda pregunta de si estamos conviviendo con la persona que nos va a hacer plenamente felices. Sin embargo, como dice el proverbio, los dioses nos castigan muchas veces concediéndonos lo que más deseamos.



The One está basada en una novela de John Marrs y ha sido creada por Howard Overman, quien también es el autor del guion. Los ocho episodios han sido dirigidos por Catherine Morshead (el primero, el segundo y el tercero), Jeremy Lovering (el cuarto, el quinto y el sexto) y Brady Hood (el séptimo y el octavo) y está protagonizada por Hannah Ware, Dimitri Leonidas, Diarmaid Murtagh, Zoë Tapper (a quien vimos en la película Zoo de Antonio Steve Tublén en el FANCINE de Málaga 2018), Lois Chimimba, Eric Kofi-Abrefa, Pallavi Sharda, Stephen Campbell Moore, Simone Kirby, Albano Jerónimo, Miguel Amorim, Paul Brennen y cuatro actores de nuestro país: Jana Pérez (de quien, junto a este artículo, publicamos una entrevista que le hemos realizado con motivo del estreno de la serie), Paula Muñoz, Eduardo Lloveras y Carlos Kaniowsky. Todos ellos dan vida a unos personajes que se enfrentan a las inesperadas consecuencias de un hallazgo que trastoca vidas, costumbres y creencias establecidas. Pero, lejos de circunscribirse a la cuestión de la búsqueda de la pareja ideal, The One contextualiza la historia en un entorno más amplio al mostrar la compleja personalidad de la protagonista, Rebecca Webb (Hannah Ware) –pongan atención al juego de palabras del apellido del personaje: web/red–, y su creciente espiral de crueldad y furia al retratar su lucha por seguir manteniendo a cualquier precio el control de la empresa creada por ella. De esta forma, The One, más allá de sus toques de relato de ciencia-ficción, termina siendo todo un diagnóstico de época.




Sobrevuela sobre toda la serie la sospecha de si la receta sobre la que gira toda la trama es auténticamente válida o no o si encierra alguna falla o matiz que haga poner en cuestión la fiabilidad del método empleado. Y es que hay que considerar que la personalidad de todo ser humano es fruto de la acción de tres vectores diferenciados y que actúan por sí mismos de forma prácticamente autónoma. La personalidad es la suma de la genética, el temperamento y la biografía. Que no somos solo genética lo demuestra el hecho de que dos gemelos no suelen actuar ni proceder ni moverse en el mundo según las mismas formas y maneras. Porque, además de la genética, el temperamento de cada uno influye decisivamente en el carácter, a lo cual hay que añadir las circunstancias y avatares de la vida que terminan por modelarnos de forma voluble y caprichosa. Por lo tanto, es difícil pensar que meramente con el análisis de nuestros cromosomas se puede dilucidar la psicología de la persona considerada, algo que debería ser relevante a la hora de decidir la futura consistencia o no de una relación. Adicionalmente, hay que tener en cuenta que los factores de atracción y apego que condicionan que una relación surja a corto plazo y, posteriormente, logre seguir manteniéndose a medio y largo plazo no tienen por qué coincidir exactamente (y creo que, en realidad, no coinciden en absoluto), por lo que el llegar a la conclusión de que un simple análisis genético es suficiente para decidir sobre la viabilidad eterna de un nexo sentimental parece, como mínimo, precipitado.



Casi al final del octavo episodio, el espectador encontrará una respuesta parcial a la cuestión que planteábamos en el párrafo anterior, respuesta que no está pensada para cerrar definitivamente las interrogantes sino para empezar a plantearse qué parte de nuestras creencias tienen una base sólida y cuáles de ellas pueden ser matizadas o relativizadas. Algo que no es ni irrelevante ni baladí ya que nuestras ideas equivocadas y nuestras falsas percepciones de la realidad terminan siendo la base para propuestas que solo buscan aprovecharse de nuestras ingenuidades, tal como hace la empresa comandada por Rebecca Webb que logra crecer y teóricamente hacer cambiar el mundo aunque lo único que consigue realmente es inmovilizarlo y paralizarlo en toda una serie de tópicos ilusorios.



IMÁGENES DE LA SERIE:



















 



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