TÍTULO: La hija de un ladrón. TÍTULO ORIGINAL: La hija de un ladrón. AÑO: 2019. NACIONALIDAD: España.
DIRECCIÓN: Belén Funes. GUION: Belén Funes y Marçal Cebrián. MONTAJE: Bernat
Aragonés. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Neus Ollé. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Greta
Fernández, Eduard Fernández, Álex Monner, Frank Feys, María Rodríguez Soto,
Gerard Oms, Anna Alarcón, Borja Espinosa, Daniel Medrán, Patricia Santos,
Cristina Blanco. DURACIÓN: 102
minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: http://bteampictures.es/la-hija-de-un-ladron/. ENLACE EN FILMIN: https://www.filmin.es/pelicula/la-hija-de-un-ladron. ENLACE EN MÁRGENES: https://www.margenes.org/pelicula/5ebc31364fdd053330f8a659.
Antes de dirigir La hija de un ladrón, Belén Funes realizó
dos excelentes cortometrajes, Sara a la
fuga (2015) y La inútil (2017),
en los que ya está materializada su estética (y cabría decir también que su
ética) cinematográficas, es decir, una personalidad autoral que, ahora, en su opera prima, ha quedado confirmada y
desarrollada a pesar de las diferencias que separan el formato inmediato,
urgente y necesariamente sintético del corto del formato de carrera de fondo
que supone el largometraje. Porque siempre podía caber la duda de si los
relatos esquivos, escurridizos y deliberadamente entrecortados de sus cortos
podían encontrar acomodo satisfactorio al pasar de los veinte minutos de
duración a los 90-100. Belén Funes lo ha logrado a pesar de la dificultad que
ello podía suponer y de la exigencia de permanecer fiel a unos rasgos
estilísticos que requerían de un gran virtuosismo para conseguir que
cristalizaran en una película sólida y coherente.
La hija de un ladrón parte de los personajes de Sara a la fuga y los vemos unos años
después del momento que contemplábamos en el corto original. Sara (Greta
Fernández) ya no es una adolescente sino un chica joven, madre de un bebé, que
sigue tutelada por los servicios sociales pero que lucha por vivir por sus
propios medios y llegar a ser independiente, a la vez que intenta consolidar
una relación con el padre de su hijo (Àlex Monner). Pero el reencuentro
fortuito con su padre (Eduard Fernández) despertará (o confirmará) viejos
fantasmas y la obligará a enfrentarse a ella misma, a su situación y a lo que
desea ser en su futuro. Una encrucijada en la que aflorarán todos sus miedos y
contradicciones.
En La hija de un ladrón, vemos la angustiosa lucha de Sara para salir
adelante, para encadenar trabajos de limpiadora y para encontrar una posición
laboral más estable. Y, en ese proceso, la película recorre escenarios y
situaciones poco transitados por nuestro cine, haciéndonos testigos de lo que
es tener que vivir bajo la espada de Damocles de la angustia laboral
permanente, de los pisos de reducidas dimensiones de la periferia urbana, de
los barrios donde reside la clase trabajadora y que se hallan presididos por
los viaductos de las autopistas, de los pasos elevados que hay que recorrer día
tras día en zonas de la ciudad atravesadas por las rondas de circunvalación y
las vías de elevada capacidad de circulación, de las fiestas de primera
comunión en las que los platos estrella son el pollo frito y las pizzas, nos hace testigos, en
definitiva, de aquello que no está presente, como si fuera una realidad
incómoda y molesta, aunque es la realidad cotidiana de millones de personas, en
la inmensa mayoría de las películas que se hacen en nuestro país. Belén Funes
sabe retratar ese mundo con una cámara que mira limpiamente sin dejar que
ningún prejuicio o idea preconcebida se inmiscuya en la visión que se ofrece al
espectador y conciliando, además, dos concepciones cinematográficas que pasan
por ser opuestas y antagónicas.
Y decimos eso porque en La hija de un ladrón están presentes
tanto los modelos narrativos de Ken Loach o de los hermanos Dardenne (en los
que prima el realismo social) como otros más emparentados, por ejemplo, con el
cine de Michelangelo Antonioni y, en nuestro país, con el de Jaime Rosales
(modelos que podríamos denominar “deconstruccionistas”), en los que la
narración cinematográfica elude el detalle exhaustivo de las circunstancias de
los personajes y el espectador ha de enfrentarse al reto de implicarse
activamente en el relato, reconstruirlo y dar cuenta de lo que se narra en él.
El director cántabro Paulino Viota abordó ambos, por separado, en dos de sus
películas: Contactos (1970) y Con uñas y dientes (1979). No es que
digamos nosotros que ambos modelos eran, en apariencia, antagónicos, lo dijo el
propio director en la entrevista que le hicimos en noviembre de 2018: “Lo que hay en Con uñas y dientes sería la misma actitud política que en Contactos pero con una actitud estética
y hacia la profesión cinematográfica completamente antagónica”. El hijo
de un ladrón consigue el milagro de conciliar ambos modelos, extraer lo
mejor de cada uno de ellos y crear un lenguaje de gran potencia expresiva que
logra, simultáneamente, hacer de espejo de la realidad y de incitación al
espectador para que trace su propio juicio sobre la misma. Porque la gran
decisión narrativa de La hija de un
ladrón es hurtarnos los detalles de la conflictiva relación entre padre e
hija para colocar, en primer plano, en toda su desnudez, el laberinto emocional
de la protagonista (con sus problemas de oído como metáfora transparente y
precisa de sus debilidades) que quiere romper con su pasado para construir una
nueva familia pero que contempla con impotencia cómo sus propósitos chocan
contra unas circunstancias que la empujan a seguir encadenada a ese pasado con
el que quiere romper.
Hay que unir a lo dicho las
soberbias interpretaciones de Greta Fernández y Eduard Fernández, quienes,
lejos de caer en el tópico de decir que han logrado trasladar a la pantalla su
complicidad personal, han logrado el loable mérito de construir una
anticomplicidad absolutamente creíble y verosímil, una relación áspera y
compleja en la que los sentimientos enfrentados de amor y odio chocan hasta
hacer imposible la convivencia. Y, así, la película nos va llevando, con
inexorable determinismo, hasta la escena final, en la que Sara será consciente
que tendrá que seguir su camino en soledad, teniendo que depender únicamente de
sus propias fuerzas y capacidades. Algo que, en el momento de descubrirlo,
abruma más que consuela y que el plano final del film resume con verdadera
contundencia.
TRÁILER DE LA PELÍCULA:
IMÁGENES DE LA PELÍCULA:
* * *
José Manuel Cruz, director de Cine Arte Magazine, con Belén Funes (arriba) y Greta Fernández (abajo), directora y protagonista, respectivamente, de La hija de un ladrón
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