MIENTRAS DURE LA GUERRA DE ALEJANDRO AMENÁBAR. LA RAZÓN FRENTE AL HORROR



TÍTULO: Mientras dure la guerra. TÍTULO ORIGINAL: Mientras dure la guerra. AÑO: 2019. NACIONALIDAD: España-Argentina. DIRECCIÓN Y MÚSICA ORIGINAL: Alejandro Amenábar. GUION: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández. MONTAJE: Carolina Martínez Urbina. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Álex Catalán. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Karra Elejalde, Eduard Fernández, Santi Prego, Luis Bermejo, Tito Valverde, Nathalie Poza, Patricia López Arnáiz, Inma Cuevas, Carlos Serrano-Clark, Luis Zahera, Luis Callejo, Mireia Rey, Ainhoa Santamaría, Itziar Aizpuru. DURACIÓN: 107 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: https://originales.movistarplus.es/novedades/mientras-dure-la-guerra-primera-pelicula-de-movistar.

CALIFICACIÓN: 

Hay dos o tres pulsiones que laten con fuerza en el cine de Amenábar que le otorgan unas señas de identidad autorales que cruzan con fuerza toda su filmografía. Así, el territorio gris y ambiguo existente entre la vida y la muerte, la importancia de la racionalidad como medio para enfrentarse a la realidad y el lado siniestro y oscuro que todos albergamos en nuestro interior son tres de ellas. Y todas estaban presentes ya en su debut con Tesis (1996), con Ana Torrent convertida en detective minuciosa (la racionalidad) que indaga en las snuff-movies (el territorio entre la vida y la muerte) realizadas por algunos profesores y alumnos (el lado siniestro) de la Facultad de Imagen. Volvían a estarlo de manera explícita en Abre los ojos (1997) y Los otros (2001) y, posteriormente, en Mar adentro (2004), Ágora (2009) y Regresión (2015), películas basadas en acontecimientos históricos o reales, aunque los mismos seguían sobrevolando los argumentos con mayor sutileza, en ellas ganaba peso la recreación de unos hechos en los que la tensión entre la verdad y la mentira, el progreso y la reacción, la luz y la oscuridad (como temas que trascendían sus obsesiones iniciales) constituye la base de la historia. Ahora, en Mientras dure la guerra, Amenábar incide en esa tendencia y logra, sin duda, su película más redonda desde Los otros con este retrato de la Salamanca inmediatamente posterior al estallido de la Guerra Civil.

Mientras dure la guerra se desarrolla entre el 19 de julio de 1936 (fecha en que se materializa el alzamiento en la capital salmantina) y el 12 de octubre de ese mismo año (momento en que se celebra en el paraninfo de la Universidad el llamado Día de la Raza y que desemboca en un famoso enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y José Millán-Astray, fundador de la Legión). La columna vertebral del film es la evolución de Unamuno desde su apoyo inicial al alzamiento (en su creencia de que iba a servir para restaurar los fundamentos constitutivos de la República, que veía pervertidos) hasta su oposición al mismo, en función de la deriva ideológica del mismo, los fusilamientos sin juicio que se estaban convirtiendo en la práctica depuradora habitual y en la progresiva concentración de poder en la figura de Franco, al modo de las entonces imperantes dictaduras de Italia y Alemania. A su vez, como contrapunto a esa evolución crítica del escritor e intelectual, tiene lugar el propio ascenso de Franco en la jerarquía del alzamiento hasta convertirse en líder único e indiscutido. Amenábar traza deliberadamente lo dispar de ambas trayectorias y dicha disparidad es una de las moralejas de su fábula: frente a la utilización de la razón (una vez más, la racionalidad) por parte de Unamuno, que le hace cambiar de opinión y postura, la visión de Franco (más basada en la mística y el militarismo) le hacen creer que es un elegido del destino para salvar a la nación.





Las dos grandes virtudes de Mientras dure la guerra son su precisa y elegante realización (habituales en el cine de Aménabar) y una magnífica actuación de todo el reparto. Están excelentes Nathalie Poza (como esposa del alcalde de izquierdas de Salamanca), Luis Zahera y Carlos Serrano-Clark (amigos de Unamuno, el primero, pastor protestante, el segundo, catedrático de literatura y antiguo alumno), Tito Valderde y Luis Callejo (quienes dan vida a los generales Cabanellas y Mola, respectivamente), Luis Bermejo (como Nicolás Franco), Inma Cuevas y Patricia López (quienes asumen los papeles de las hijas del escritor), Mireia Rey (como Carmen Polo) y Ainhoa Santamaría (esposa del pastor protestante) pero están a un nivel prodigioso y sobresaliente Karra Elejalde como Unamuno, Santi Prego como Franco y Eduard Fernández como Millán-Astray, quienes trazan tres soberbias caracterizaciones de sus personajes.

Sin embargo, en el debe del film cabe apuntar un cierto desequilibrio entre las dos subtramas que la articulan. Es plenamente intensa y convincente la que nos muestra el cambio de visión de Unamuno pero no sucede lo mismo la que retrata el progresivo ascenso del dicatdor. En esta última, Aménabar sí que logra dibujar de forma vibrante la amistad entre Franco y Millán-Astray (algo que llama adicionalmente la atención por original y novedoso) pero resulta excesivamente simple y esquemática la lucha interna por el poder dentro del bando nacional. Cuesta trabajo creer que todo se resolviera por maniobras tan primarias y elementales y no hubiera una fuerte pugna entre las distintas fuerzas que apoyaron el alzamiento. De hecho, esa pugna, los intereses, a la vez convergentes y enfrentados, de las mismas y el modo en que unas se impusieron a otras es, quizás, la gran historia pendiente de contar en nuestro cine. En consonancia con ello, otro aspecto de la película que me parece problemático es la excesiva placidez de la misma, algo que se contrapone a la fuerte crispación que existía en ese momento en la sociedad española y que es el que hay que presumir que reina en un ambiente de guerra civil.

A pesar de esos puntos débiles, no hay que dejar de reconocer que Mientras dure la guerra es un retrato preciso e intenso de un momento clave de nuestra Historia reciente y que logra devolvernos al Amenábar más inspirado y ambicioso, de quien cabe esperar que, con toda seguridad, va a traernos en los próximos años muchos títulos de valor y calidad a nuestro cine.

(Por cierto, después del tráiler, de las imágenes de la película y de las imágenes de lugares emblemáticos de Salamanca que aparecen en el film, reproducimos el relato que los historiadores Gabriel Jackson, Hugh Thomas y Paul Preston hacen en sus respectivas obras del incidente entre Unamuno y Millán Astray. Para quienes hayan visto ya la película, sería interesante la lectura ya que pueden comprobar que lo que vemos en el film no coincide exactamente con la descripción que realizan ambos autores.)

TRÁILER DE LA PELÍCULA:



IMÁGENES DE LA PELÍCULA:







IMÁGENES DE LUGARES DE SALAMANCA QUE APARECEN EN LA PELÍCULA:









Arriba, cuatro vistas de la Plaza Mayor, dos por la mañana, dos por la noche.



Palacio Episcopal de Salamanca, cuartel general de Franco durante la guerra civil.



Fachada de la Casa Museo de Unamuno, la cual, como Casa Rectoral, fue residencia del escritor durante el tiempo en que fue Rector de la Universidad de Salamanca




Fachada de la Universidad de Salamanca y plaza donde se ubica la institución.



Puente romano sobre el río Tormes



Fonda Veracruz, actual sede de los estudios de hostelería del I.E.S. Vaguada de Palma




Descripción del choque entre Unamuno y Millán-Astray realizada por el historiador Gabriel Jackson en su obra La República española y la guerra civil (1931-1939)

En Salamanca, Miguel de Unamuno, rector de la Universidad más famosa de España, aprobó al principio el levantamiento que pondría fin al desorden y a la fragmentación regional de la nación. Pero pronto vinieron amigos suyos de Granada  con la noticia del asesinato del poeta García Lorca y de varios catedráticos universitarios; otros lo contaron cómo habían huido de los pueblos de Andalucía en los cuales los revolucionarios habían matado a cuatro o cinco personas, para enterarse luego horrorizados  de que el ejército de África había fusilado como represalia diez veces más. En los alrededores de Salamanca comenzaron a aparecer cadáveres arrojados en fosas, aunque no en tan gran número como en Zamora o Valladolid.

El 12 de octubre, Día de la Raza,  en que se conmemoraba el descubrimiento de América por Colón y la expansión universal de la civilización hispánica que le siguió, se celebró una ceremonia en la Universidad. En el estrado se sentaron las autoridades universitarias, el obispo de Salamanca y doña Carmen Polo de Franco, esposa del recién nombrado generalísimo. En el curso de la ceremonia, uno de los oradores fue el general Millán Astray, primer jefe de la Legión, hombre que había perdido un ojo y un brazo en Marruecos. Mientras glorificaba el papel de Castilla y de sus ejércitos de conquistadores, sus partidarios en el fondo de la sala puntuaron sus frases con el slogan de la Legión: “¡Viva la muerte!”. Unamuno, como rector, no pudo contenerse, y aludiendo burlonamente a la frase “viva la muerte”, se volvió hacia el general y le dijo con sus mejores modos que el movimiento militar necesitaba no sólo vencer, sino también convencer. Y no creía que estuvieran capacitados para esta última tarea. Sólo la intervención de la señora Franco impidió que el enfurecido Millán Astray, que gritó “¡Muera la inteligencia!”, pegara a Unamuno. Al día siguiente, cuando Unamuno entró en el casino para tomar su café, como todas las mañanas, le informaron que había sido expulsado del mismo, y poco después fue destituido como Rector de la Universidad. Yendo a sentarse a su café favorito en el centro de la ciudad, siguió durante algunos días gritando su desafío a los bárbaros; pero sus amigos ya no se atrevían a sentarse con él. Se retiró a su casa, donde falleció, víctima de la pesadumbre, en diciembre.

Descripción del choque entre Unamuno y Millán-Astray realizada por el historiador Hugh Thomas en su obra La guerra civil española

Otro hecho notable que tuvo repercusiones más allá de las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. La mayoría de ellos se encontraban en la zona republicana en el momento del alzamiento. Firmaron un manifiesto pidiendo apoyo para la República. Entre las firmas se contaba las del médico e historiador doctor Marañón; el exembajador y novelista Pérez de Ayala; el historiador Menéndez Pidal; y el prolífico filósofo José Ortega y Gasset: amigos, e incluso fundadores, de la República de 1931. Pero las atrocidades y la creciente influencia de los comunistas hicieron que todos estos hombres aprovecharan cualquier oportunidad que se les presentara para huir al extranjero. Y, una vez allí, retiraron su apoyo a la República. El filósofo vasco Miguel de Unamuno, sumo sacerdote de la generación del 98, siguió un camino diferente. Como rector de la universidad de Salamanca, al empezar la guerra civil se había encontrado en terreno nacionalista. La República le había desilusionado, había admirado a algunos de los jóvenes falangistas y dio dinero para el alzamiento. Todavía el 15 de septiembre apoyaba al movimiento nacionalista. Pero el 12 de octubre había cambiado de opinión. Estaba, como dijo más tarde, “aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debido a una enfermedad mental colectiva a una epidemia de locura, con un sustrato patológico”. En aquella fecha, aniversario del descubrimiento de América por Colón, en que se conmemoraba la “Fiesta de la Raza”, se celebró una ceremonia en el paraninfo de la universidad de Salamanca. Allí estaban presentes el doctor Pla y Daniel, obispo de Salamanca, y el general Millán Astray, el fundador de la legión extranjera, que por entonces era un asesor importante, aunque oficioso, de Franco. Su parche negro en un ojo, su único brazo y sus dedos mutilados lo convertían en el héroe del momento. Presidía el acto Unamuno, el rector de la universidad. La ceremonia tenía lugar a un centenar de metros del cuartel general de Franco, instalado desde hacía poco tiempo en el palacio del obispo de Salamanca, por propia invitación del prelado. Después de las formalidades iniciales, vinieron los discursos del dominico Vicente Beltrán de Heredia y del escritor monárquico José María Pemán. Ambos discursos fueron muy apasionados. También lo fue el del profesor Francisco Maldonado, que atacó violentamente al nacionalismo catalán y al vasco, describiéndolos como “cánceres en el cuerpo de la nación”. El fascismo, el “sanador” de España, sabría cómo exterminarlos, “cortando la carne viva como un cirujano resuelto, libre de falsos sentimentalismos”. Desde el fondo de la sala alguien gritó e lema de la legión extranjera: “¡Viva la muerte!”. Millán Astray dio a continuación los gritos excitadores de multitudes que ahora eran ya habituales: “¡España!”, gritó. Automáticamente, una serie de personas gritaron “¡Una!”. “¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, contestó el auditorio. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, sus seguidores respondieron: “¡Libre!”. Varios falangistas, con sus camisas azules, hicieron el saludo fascista ante la fotografía sepia de Franco que colgaba de la pared sobre el estrado. Todos los ojos se volvieron hacia Unamuno, cuya antipatía a Millán Astray era conocida, y que, al levantarse para cerrar el acto, dijo: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún lado, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que estaba sentado a su lado–, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”.

Hizo una pausa. Se produjo un silencio cargado de temores. Nunca se había pronunciado un discurso como aquél en la España nacionalista. ¿Qué diría el rector a continuación? “Pero ahora – continuó Unamuno– acabo de oír el necrófilo e insensato grito: “¡Viva la muerte!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España, hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

En este momento, Millán Astray ya no pudo contenerse por más tiempo. “¡Mueran los intelectuales! – gritó–. ¡Viva la muerte!”. Este grito fue coreado por los falangistas, con quienes el militar que era Millán Astray tenía en realidad, muy poco en común. “¡Abajo los falsos intelectuales!¡Traidores!”, gritó José María Pemán, deseoso de limar las aristas del frente nacionalista. Pero Unamuno continuó: “Èste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

Siguió una larga pausa. Algunos de los legionarios que rodeaban a Millán Astray iniciaron un amenazador movimiento de aproximación al estrado. El guardia personal de Millán Astray apuntó a Unamuno con su ametralladora. La mujer de Franco, doña Carmen, se acercó a Unamuno y Millán Astray y pidió al rector que le diera el brazo. Él se lo dio, y los dos salieron juntos, lentamente. Pero ésta fue la última vez que Unamuno habló en público. Aquella noche, Unamuno fue al casino de Salamanca, del que era presidente. Cuando los miembros del casino, algo intimidados por estos acontecimientos, vieron la venerable figura del rector subiendo las escaleras, algunos gritaron: “¡Fuera!”¡Es un rojo y no un español!¡Rojo, traidor!”. Unamuno entró y se sentó. Un tal Tomás Marcos Escribano le dijo: “No debería haber venido, don Miguel, nosotros lamentamos lo ocurrido hoy en la universidad, pero, de todos modos, no debería haber venido”. Unamuno se marchó, acompañado de su hijo, entre gritos de “¡Traidor!”. El único que salió con ellos fue un escritor de segundo orden, Mariano de Santiago. A partir de entonces, el rector ya salió casi nunca de su casa, y la guardia armada que le acompañaba tal vez era necesaria para garantizar su seguridad. La junta de la universidad “pidió” y obtuvo su dimisión del cargo de rector. Murió con el corazón roto de pena el último día de 1936.

Descripción del choque entre Unamuno y Millán-Astray realizada por el historiador Paul Preston en su obra Franco, caudillo de España

El 12 de octubre de 1936, durante la celebración en Salamanca del día de la Raza (el aniversario del “descubrimiento” de América por Cristóbal Colón), quedó absolutamente claro que Millán Astray no era el hombre más indicado para representar la causa del nuevo Estado de Franco ante el mundo exterior. La magnífica y regia puesta en escena resaltaba la permanencia del nuevo Estado. En la catedral se erigió una tribuna para invitados distinguidos. Franco no estaba presente, pero le representaban el general Varela y doña Carmen. Un sermón del dominico padre Fraile elogió la recuperación que Franco había hecho del “espíritu de una España unida, grande e imperial”. Los dignatarios políticos, militares y eclesiásticos se trasladaron a la universidad para proseguir la ceremonia bajo la presidencia del rector perpetuo, el filósofo y novelista de setenta y dos años Miguel de Unamuno. Éste anunció que presidía en nombre del general Franco, que no podía asistir debido a diversos compromisos urgentes.

Parece ser que una serie de discursos recalcaron la importancia del pasado y futuro imperial de España. Uno, en particular de Francisco Maldonado de Guevara, que describió la Guerra Civil en términos de una lucha de los valores tradicionales y eternos de España contra la anti-España de los rojos, los vascos y los catalanes, exasperó a Unamuno, ya desolado ante la “lógica del terror” y el arresto y asesinato de amigos y conocidos. (Una semana antes, Unamuno había visitado a Franco en el palacio del obispo para suplicarle inútilmente en favor de varios amigos encarcelados). La vehemencia del discurso de Maldonado incitó a un legionario a gritar: “¡Viva la muerte!”, el grito de guerra de la Legión. Entonces intervino Millán Astray para lanzar el triple grito de “¡España!” y se oyeron las tres réplicas tradicionales de “¡Una!¡Grande! y ¡Libre!”. Cuando Unamuno habló, fue para oponerse a la frenética glorificación de la guerra y la represión. Dijo que la Guerra Civil era una guerra incivil, que “vencer no es convencer” y que los catalanes y los vascos no eran más antiespañoles que los presentes. “Y yo, como sabéis, nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis.” En ese momento, le interrumpió un Millán Astray al borde la apoplejía, poniéndose en pie para justificar el alzamiento militar. Mientras Millán Astray se sumía en un delirio homicida, Unamuno resistió firme, señalando la necedad necrofílica del lema “¡Viva la muerte!”. Millán Astray exclamó: “Mueran los intelectuales”, a lo que Unamuno respondió que se encontraban en el templo de la inteligencia y que semejantes palabras eran una profanación.

Ante el aumento del griterío y los abucheos, y cuando los guardaespaldas armados de Millán Astray amenazaron a Unamuno, intervino doña Carmen. Con gran entereza de ánimo y no menos coraje, cogió del brazo al venerable filósofo, lo sacó fuera y lo acompañó a casa en su propio coche oficial. Dos testigos presenciales han insinuado que el propio Millán Astray le ordenó a Unamuno que se cogiera del brazo de la esposa del jefe del Estado y se marchase. Era tal el ambiente de terror que reinaba en Salamanca en esa época, que sus conocidos evitaban a Unamuno, y fue destituido de su cargo en la universidad a petición de sus colegas. A finales de diciembre de 1936, prácticamente bajo arresto domiciliario, Unamuno murió consternado por la represión, la “locura colectiva” y “el suicidio moral de España”. No obstante, en su funeral fue ensalzado como un héroe falangista. Casi treinta años más tarde, Franco comentó a su primo lo que consideraba: “La actitud bastante molesta de Unamuno, que no se justificaba en un acto patriótico, en un día tan señalado y en la España nacionalista que luchaba en el campo de batalla con un feroz enemigo y con grandes dificultades para vencerlo”. A posteriori, creía que la intervención de Millán Astray era una respuesta del todo adecuada a semejante provocación. No obstante, en el momento, consideró prudente sustituir a Millán Astray.





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