TÍTULO: 303. TÍTULO ORIGINAL:
303. AÑO: 2018.
NACIONALIDAD: Alemania. DIRECCIÓN: Hans Weingartner. GUION: Hans Weingartner,
Silke Eggert y Sergej Moya. MONTAJE: Benjamin Kaubisch, Karen Kramatschek,
Sebastian Lempe y Hans Weingartner. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Mario Krause y
Sebastian Lempe. MÚSICA ORIGINAL: Michael Regner. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Mala
Emde y Anton Spieker. DURACIÓN: 120 minutos. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.vercine.org/ficha/e/253/0/395/303.html.
CALIFICACIÓN:
Hay películas que parecen ligeras y livianas por
fuera pero esconden profundidad y temas de envergadura en su interior. Ahí
están para demostrarlo Cero en conducta (1933)
de Jean Vigo, Una partida de campo (1946)
y Comida en la hierba (1959) de Jean
Renoir, Un verano con Mónica (1953)
de Ingmar Bergman, Los tramposos (1959)
de Pedro Lazaga, ¡Hatari! (1962) de
Howard Hawks, muchos títulos de Woody Allen, como, por ejemplo, Annie Hall (1977) o La rosa púrpura de El Cairo (1985), Full Monty (1997) de Peter Cattaneo, Días de fútbol (2003) de David Serrano, Viaje a Darjeeling (2007) y Moonrise Kingdom (2012) de Wes Anderson o Verano 1993 (2017) de Carla Simón. Detrás de una factura
visual agradable, todos estos films esconden punzantes miradas y agudas
reflexiones sobre la vida y el mundo.
Algo parecido sucede con 303. Porque tras esta historia de dos jóvenes, un chico y una
chica, que no han alcanzado sus objetivos en la universidad (ella ha suspendido
sus exámenes de Biología y a él le han denegado una beca importante para su
futuro profesional), y que se acaban encontrando mientras ella atraviesa
Alemania con una caravana Mercedes 303 (de ahí, el título del film), hay todo
un conjunto de dimensiones que enriquecen la trama central y convierten a esta
en una vía para llevarnos a cuestiones de calado. Y ello, hábilmente manejado
por la inteligente realización de Hans Weingartner, que sabe mover todas las
piezas del film con agilidad, soltura y aire de espontaneidad. La espontaneidad
propia de un viaje que nace con unos objetivos bien definidos pero que acaba
convirtiéndose en un camino hacia otras aspiraciones y otras expectativas. Un
viaje en el que lo importante no es el destino sino el camino en sí.
Porque, lo primero que hay que decir, es que Jule
y Jan, los chicos protagonistas, cuando inician su ruta, tienen la intención,
él, de venir a España, para conocer a su padre y, ella, de encontrarse con su
novio en Portugal. Pero ello acaba siendo irrelevante mientras sus destinos programados
se van acercando. Porque, en el trayecto, las conversaciones entre ambos y las
vivencias compartidas les transforman y les convierten en personas diferentes, siendo
el viaje la metáfora de un proceso personal por el que se acaban encontrando a
ellos mismos y enterrando la máscara que se han creado para ir salvando las
apariencias. Pero hay una segunda dimensión que es importante en la película y
es la de los diálogos que los protagonistas mantienen entre sí sobre todo tipo
de temas, tanto sociales como más personales, muy en la línea de Antes del amanecer (1995) o Antes del atardecer (2004), pero, para
mi gusto, desarrollados con mucha mayor vivacidad y soltura que en las
películas de Richard Linklater. Dichos diálogos no solo sirven para desarrollar
la relación entre los dos personajes sino que dibujan el telón de fondo donde
transcurren sus vidas, una especie de diagnóstico que apunta al espectador y
nos interroga sobre nuestra visión en relación a los temas de los que los
protagonistas hablan, de modo que la película es capaz de lograr un clima que
nos envuelve y nos invita a seguir la conversación cuando la misma llega a su
desenlace.
Sorprende ver en una producción alemana tanta
luminosidad en la fotografía y tanta agilidad en la narración, pareciendo, por
momentos, casi una película mediterránea. Pero es que hay que tener en cuenta
cómo comienza 303, con una cita de Rainer
Maria Rilke: “Una señal del ser supremo: tener tiempo para amar”. Y llegamos a
pensar que el sol que conoció el poeta checo en lengua alemana en el viaje a
España que realizó en 1912 por Toledo, Córdoba, Sevilla y Ronda ha pasado de
sus versos al film de Weingartner para, precisamente, cumplir el propósito de
la cita mencionada, hacer que amemos el mundo que nos rodea y que lleguemos a
la conclusión de que la vida merece la pena ser vivida. Esa es la optimista
sensación con la que nos quedamos tras ver esta película cuya sencillez no es
más que el medio utilizado para devolvernos a la realidad con nuevos puntos de
vista y nuevas perspectivas, menos grises y mucho más ilusionantes.
IMÁGENES DE LA PELÍCULA:
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